
Fernando
Valero Santa Cruz
Cehegín, 1958 – Málaga, 1984
Diseñador multidisciplinar
Nacido en Cehegín en 1958, Fernando Valero estudió en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Murcia, donde realizó proyectos de diseño gráfico, de muebles y de interior. Trabajó apasionadamente en estas y otras áreas del diseño en cuanto se graduó, en 1979, y hasta su prematura muerte, en 1984. Sobre este multifacético diseñador murciano escribe nuestro colega Francisco Martínez Almagro, que lo conoció muy bien.
Hablar ahora de Fernando es ahondar en la MEMORIA. Aunque es una parte fundamental de nuestra cotidianidad y gracias a ella podemos desarrollar nuestro sentido de identidad, en ocasiones, pasado el tiempo, la memoria se aletarga y enmudece.
Los seres humanos tenemos la habilidad de almacenar esa memoria de largo plazo, donde los recuerdos que tienen que ver con personas, palabras o eventos que se experimentaron en el pasado se guardan para ser recuperados en el momento en el que los necesitamos.
Querer recuperar información que en algún momento ha sido vivida, registrada y almacenada, no hace que el recuerdo surja directo o espontáneo. Es más fácil recordar cuando verbalizamos este deseo con otras personas implicadas, cuando se tiene un estímulo para hacerlo y, sobre todo, cuando hay una implicación emocional de todas ellas.
Este proceso de hacer memoria se convierte en colectivo, permitiendo contrastar los recuerdos recuperados y diferenciar los hechos que fueron reales de los que imaginamos.
He experimentado una emoción intensa recordando a Fernando, recordando vivencias y trabajos comunes para poder escribir su semblanza, pasados 41 años desde su fallecimiento.
Mi agradecimiento a José Ángel Valero, Antonia Fernanda López, Paqui Oñate y Magdalena Zamora por haberme permitido volver a hablar de Fernando y seguir emocionándonos con sus recuerdos.
Cuando desde dip, la asociación de profesionales del diseño, me comentaron el proyecto MDRM, me pareció una necesaria idea, de gran envergadura. En un principio me sentí alejado, quizá por estar vivo y en activo, y fue después, pasado un tiempo, cuando entendí que, por generación, pertenecía al mismo grupo de seleccionados hasta ese momento.
Al poco tiempo, me propusieron la incorporación de mi perfil como uno de los Protagonistas, por lo que comencé a ordenar mi currículo y la documentación de mis trabajos.
Partí con la idea de individualidad y conforme iba ahondando en mi memoria, empezaron a aparecer compañeros y compañeras, algunos ya fallecidos, con los que compartí trayectoria.
En ese momento me di cuenta de la importancia de la colectividad y de, no solo reivindicar a las personas, sino también los momentos y los procesos creativos que surgieron colectivamente. Eso sucedió durante unos pocos años en Murcia, entre 1979 y 1984. Años de una creación espontánea, desinhibida, desmesurada… Una forma de vida, sin distinción entre las relaciones personales y las laborales.
«Repasando esos años, hay un nombre que siempre ha estado grabado en mi memoria, Fernando Valero Santa Cruz, un creador multidisciplinar… mi amigo, mi compañero.»
Nos conocimos simultáneamente entre la noche murciana y el trabajo colaborativo que desarrollábamos en “Diseño. Tienda estudio de interiorismo”, un espacio colaborativo y de encuentro creativo que inauguró en 1979 una mujer precursora de la modernidad y el diseño en Murcia, Agustina Ballesta Moreno.
De Fernando, lo primero que me impactó, incluso antes de conocer su nombre, fue su personalidad arrolladora, su descaro y su fuerza ciclónica. Una fuerza que nos llevó a unir nuestras vidas y nuestra visión creativa.
Éramos unos críos, él dos años menor que yo. Creíamos que el mundo era nuestro, estábamos inmersos en un proceso de cambio social, un mundo de creatividad exultante, divertido, lleno de posibilidades y oportunidades. Y ahí estábamos nosotros, participando y aportando.
Fernando comenzó muy joven su faceta pictórica, exponiendo su obra en galerías y salas de exposiciones de Murcia. Trabajó en muchos frentes de la creación al terminar sus estudios en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Murcia en 1979, realizando proyectos que abarcaban desde el diseño gráfico al interiorismo y el diseño de mobiliario.
Realizó numerosas colaboraciones en “Diseño”, haciendo varios trabajos de interiorismo y diseño de muebles, y también maquetismo gráfico, como el recortable del Teatro Romea, editado y comercializado por la Editora Regional.
Trabajó como freelance en diseño gráfico, en tiempos “del recorto y pego”, sobretodo en cartelería de eventos para bares y discotecas, imágenes de marca para empresas medianas y diversos negocios punteros de la ciudad de Murcia. Otras de sus facetas fueron la organización de pasarelas de moda y la realización de escaparates.
«Uno de esos proyectos colaborativos que significó un antes y un después en la forma del trabajo analógico fue la realización del collage fotográfico para el cartel de las fiestas de septiembre de Cehegín, realizado por Fernando Valero, Antonia Fernanda López y por mí. Un trabajo que siempre recordaré.»
A finales de 1983, Fernando experimenta un profundo cambio en su forma expresiva. Comenzó a bocetar y pintar con una libertad nada convencional, obras descaradas, divertidas y cargadas de ironía, pero también desgarradoras: eran el reflejo de su volcán interior. Esa fue la parte creativa de Fernando que más me interesó, con la que me sentí más identificado.
Comenzó por sus colecciones de “peces globo”, inquietantes y de agresivas rayas amarillas y negras. Le siguieron los “gatos”, con escenas del Antiguo Egipto donde se mimetizaban acechantes felinos entre las riberas fluviales de loto. Pero son “los caballos” la obra definitiva de un Fernando interior. Caballos que se ríen, caballos que muerden, caballos con sangre en la boca, con los cascos siempre por delante, atacantes, caballos punks que matan al padre…
Asumido el doloroso vacío y tras el paso de cuatro décadas, en una visita a la casa familiar de Burete, su hermano José Ángel me mostró el poco legado conservado.
Juntos desempolvamos, con manifiesta emoción, la obra de Fernando, quien, en tan solo cinco años, desarrolló una intensa, divertida y brillante trayectoria como diseñador
¡Gracias por tanto!
………
Paco Martínez Almagro escribió para MDRM en abril de 2025
1984
Fiestas de Septiembre
Diseño de cartel. Collage fotográfico de Antonia Fernanda López Guirao, Paco Martínez Almagro y Fernando Valero Santa Cruz,
Cehegín
1984
Romance del Cartel Anunciador
Antonia Fernanda López y Fernando Valero Santa Cruz
Ante las irregularidades por parte del jurado en la selección del cartel anunciador de las fiestas, Fernando creó la Performance de calle “Romance del Cartel Anunciador”, donde se denunciaba este hecho, haciendo Antonia Fernanda el papel de relator ciego y Fernando el papel de su pícaro lazarillo,
Cehegín


























Cada vez que escucho a los B52 me acuerdo de él. De las muchas personas que pasaron por mi espacio «Diseño»: Pedro Pardo, Karen, Soren Peñalver, son Paco Martínez Almagro y Fernando Valero las personas con las que tuve la suerte de compartir trabajo y amistad y que dejaron una huella más profunda.
Con Fernando y su vitalidad, creatividad, fuerza, alegría, imaginación desbordante, compartí amistad, trabajo y viajes. Pensando en él, el primer recuerdo que me llega a la memoria es la camiseta que pintó para regalarme, unos labios carnosos, rojos, como los de la Mae West y, en contundentes letras, «Kiss me».
Nuestro primer trabajo en colaboración fue el proyecto sobre una colección de monumentos históricos de Murcia, realizados en recortables para la Editora Regional. Solo se realizó el del Teatro Romea.
Los paseos por el Malecón, con nuestros cuadernos de apuntes y lápices de colores, realizando bocetos rápidos y coloridos de trazo suelto; con la huerta, la ciudad, sobresaliendo la torre de la catedral y al fondo, las montañas. Y un merecido descanso en la tasca antigua que había al final del todo, compartiendo charlas y risas, acompañados de una cervecita, como buenos murcianos.
El viaje a su querido pueblo, Cehegín… Nos alojamos en la casa de sus padres. Su habitación con su colcha de pelo blanco que llamaba «su Coco», reclinados como romanos, con los B52 que nos invitaban a saltar y bailar. Las comidas en el patio y la magnífica habitación modernista de sus padres donde dormí aquellas noches. Las salidas por las noches a los bares del pueblo, donde nuestras formas de vestir y nuestras risas desenfadadas causaban a los lugareños miradas dispares.
El último recuerdo que tengo de él es durante un Bando de la huerta, vestido de huertano, acompañado de familiares y amigos, visitándome en el «Blod»
Siempre vivo en mi recuerdo. Una gran pérdida para esta ciudad, uno de sus grandes artistas y creativos.